Niños obedientes, eran los de antes…

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Allá lejos y hace tiempo, mi madre vivía en una zona rural a cincuenta kilómetros de la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos.  Con no más de siete años de edad, ayudaba con las tareas domésticas y las de granja. Su madre  -rigurosa para el aseo- exigía que todo estuviera impecable y ordenado.

Así fue como una mañana recibió la directiva de juntar unos huevos en el gallinero -tarea que no le gustaba: las plumíferas ¡¡le picoteaban las rodillas!!-, y cumpliendo la tarea encomendada andaba, cuando  escuchó la sonora voz de su madre decretando: “…Y limpiá el gallinero, ¡¡hasta que los pollitos… BRILLEN!!!”
Con una madre exigente, no existen las dudas: debería dejar todo reluciente. Más