Las inolvidables vacaciones de la familia Gutiérrez

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     Intentando que las vacaciones fueran diferentes a su vida cotidiana, la familia Gutiérrez decidió partir para aquella villa de fin de semana. Nadie pensó que dentro de los precios accesibles, fueran a ocurrir sorpresas  desagradables; es promocional, aclaró rápidamente el Sr. Gutiérrez, mientras orientaba su Renaul 4 L  sobre la vieja ruta.

     Cual mandato divino,  los niños se encargaron de cubrir las alfombritas “originales” del vehículo con toneladas de miguitas de cuanta galletita pudieron embuchar; mientras la madre leía en voz alta la columna de sociales del diario local; un encanto. Para las dos horas y media que llevaban de viaje, no demostraban cansancio acorde, es que “el renó es aguantador” repetía el Sr. Gutiérrez con un dejo de orgullo demasiado patético.

     Observando los rostros de los ocupantes del auto, se podía distinguir a dos niños, normales, con la inquietud digna de la edad. Y digna de tanta paliza que aquel padre hubiera querido dar; coartado simplemente por el ojo sensurador de la Sra. Gutiérrez. La triste frase de “mano dura para educar” revoloteaba con nostalgia en la mente del hombre cansado, algo apático y sin demasiados proyectos de vida.

     La señora Gutiérrez maravilloso exponente de una mujer coqueta y autoritaria, modesta y altiva. Combinación extraña para una esposa, específicamente la del Sr. Gutiérrez. Gustaba de vestir bien, si por tal se entiende comprarse un vestido caro cada diez  o doce años, simplemente por ahorrar. En su casa, se comentaba, nadie conocía su sala de estar. Era un lugar más sagrado que el interior de una pirámide egipcia. La meta irrenunciable, “mantener limpio”. Ni su propira familia podía estar en ese lugar. Mausoleo, le llamaba el Sr. Gutiérrez.

     Los niños asistían a la escuela dando ejemplo de orden y limpieza. No jugaban con otros niños para no ensuciarse y no sea cuestión que “agarren piojos, vió”, la higiene personal es fundamental. Esta esmerada dama no poseía una voz agraciada, ni mucho menos. Pero lo que tenía en grande era el volumen, en el barrio era famosa. Tanto por renegarle a sus hijos con las típicas: “no corras que te vas a caer!!”, “no juegues ahí que te vas a ensuciar!!”, “no comas eso que te va a hacer mal!!” y demás repertorio. Pero destacaban gloriosas sus golas cuando le entraba  en reproches al señor Gutiérrez. Desde las 6:30 de la mañana, que se supone iniciaba su día, (el Sr. Gutiérrez, claro, para ir a trabajar) y hasta aproximadamente las 23 hs. la señora denostaba al pobre hombre por cualquier asunto. Nada parecía conformar a aquella mujer, era como si la vida misma la irritara.

     Así transcurrían los felices días de los Gutiérrez. Hasta aquel en particular, en el que sorpresivamente el hombre de la casa, tomó la extraña iniciativa de llevar a su familia de vacaciones de fin de semana. El lugar elegido, no era conocido y escaso en concurrencia, tenía fama de inseguro. Que la higiene de la pileta, que el bufet deja mucho que desear y tanto comentario poco comprobable. Pero el Sr. Gutiérrez, impulsado por una rara alegría acomodó bajo el mando de su esposa (que indicaba con su índice extendido), todos los bultos que debían llevar. Los niños, sabiendo de los ilimitados disfrutes de pasar unos días fuera del “mausoleo”, demostraban abiertamente su necesidad de revelarse a la autoridad.

     Cuando arribaron al lugar de descanso, nadie los recibió. El cartel oxidado, se había escapado de un western italiano. Faltaban los ovillos de paja rodando delante del auto. Recorrieron los aproximadamente 150 metros que los separaba de la recepción del lugar, y bajaron. Nadie apareció para una bienvenida, ni por error. El señor Gutiérrez, antes de apersonarse en la administración (lugar oscuro y estrecho,  atendido por un petizo poco hablador),  decidió bajar  los bultos del auto, que tan prolijamente había ubicado bajo la supervisión de su esposa. No quería perder tiempo, se notaba en su cara y en sus gestos, una extraña ansiedad. La esposa, lejana como siempre a los síntomas de su  marido, entró al pequeño hall de recepción.

     Los niños, a puro grito, le imploraban a su madre permiso para darse el chapuzón de bautizmo en la pileta  que se hallaba a unos 80 metros de donde ellos se encontraban; el padre, por primera vez les permitió la concurrencia sin que su mujer pudiera dar opinión al respecto. Muy extraño. El rostro del Sr. Gutiérrez iba tomando nuevas expresiones. Ya estaba esbozando su cuarta sonrisa del día, y eso sí era raro. Pero lo que ni la mujer ni nadie pudo esperarse fué, luego de registrarse sin acomodar los bolsos, la invitación a un trago por parte de su esposo. En la galería que servía a modo de confitería precaria, él  galantemente, acomodó la silla a su esposa y raudo fué a buscar algo para tomar. Al volver ya su sonrisa no tenía asidero. La mujer pensó que el  descanso producía en este hombre sencillo, ese peculiar placer  junto a esa cara de bobalicón.

     El Sr. Gutiérrez le aseguró a su esposa que no había en lugar alguno, licuados de frutas frescas y sabrosos como aquellos. Ella, entre cansada y sorprendida, le recordó aquella cuestión  de su alergia al durazno y al ananá. “Pero claro querida, como voy a olvidarlo” contestó, con una nueva sonrisa luminosa pintada en la cara.

     Se dijo que los compañeros de la oficina del Sr. Gutiérrez estuvieron todos, hasta el jefe, ese con el que tan mal se llevaba. No faltó ninguno a aquel doliente funeral. Sabiéndolo tan sencible y golpeado por lo sucedido, no se dijo mucho. El sacerdote cumplió con sus postreras palabras como un autómata, todo había terminado. Las palmadas se sucedían, entre consuelos y penas varias. “¿Cómo hace para continuar con su vida un hombre que ha perdido a toda su familia?” había dicho por lo bajo la rubia veterana de la oficina, compañera sin pena ni gloria del Sr. Gutiérrez.

     El auto negro lo dejó en su casa, luego del entierro. Entró lentamente, escuchando el silencio, observando la quietud, persibiendo la calma de su hogar deshabitado. Él al igual que su sonrisa, empezaban a recuperar razones para existir…

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3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Bender
    Feb 03, 2007 @ 14:27:47

    Cualquier similitud entre Gutierrez y Barreda es pura coincidencia.

  2. Alejandra
    Feb 03, 2007 @ 14:49:35

    BENDER: por favor!!!, Barreda no llevaba de vacaciones a su familia; además el señor Gutiérrez no era dentista (y no tenía escopeta!!)…

  3. LUCHO
    Jun 30, 2009 @ 03:43:04

    lucianob87@hotmail.com / (con humildad)
    quiero saber de vos –

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